Huajuapan de León, Oax. A 21 de enero de 2002.
Amigo y amado:
La mañana en que prometí no volver a pensarlo pensaba en que no te tendría la oportunidad de verte. Recuerdo la noche que concilié el sueño entre los diferentes y variados sonidos que con cierta dificultad notaba. Mi mente era el sonido que resonaba en mi corazón, haciendo que surgiera un estruendo y una pavorosa sensación de vacío. Recuerdo que logré escuchar grillos cantando la melodía de la medianoche; hacía, por cierto, perfecta armonía con las gotas que la lluvia dejaba caer sobre mi ligero y rudimentario techo de asbesto. El olor a tierra mojada se filtraba por cada orificio que podía, ganándole al frío en su presurosa entrada para que yo pudiese dormir en paz, con mi mente y con mi calor propio por desgracia, pues imaginarás que mi mente sólo pensaba en dormir contigo, al lado de tu calor y con el objetivo de unirse lenta y firmemente.
Lástima que mis sueños se truncaron, lástima que si bien desperté con el rocío de una linda mañana nublada, como las que nos gustaba admirar en el amanecer, no pude evitar la manera de querer tener, sólo uno, ¡un contacto contigo!, quería despedirme aunque no pudiese verte; no podía, si lo hacía no resistiría las ganas de imaginar revivir aquel atardecer que nos conocimos; ¡por Dios, no aguantaría!, no lo haría porque ya lo había hecho en medio de recuerdos y suspiros; fue entonces cuando decidí despedirme de esta forma.
No me importa si este texto llega a su destino o se pierde en la inmensidad de una red cibernética, de ese inmenso espacio que por más inmenso que se vea, se llena de cosas sin sentido y hacen peligrar el destino final de esta última gota de amor; no los culpo, es de vital importancia saber cuestiones de salud, de enfermedades y de personas enfermas -que los envían- de noticias escolares con los efímeros grupos en los que alguna vez compartimos primaveras y otoños muy añejos y cruzábamos una primera mirada ¿lo recuerdas?, ¡por favor, necesito que lo hagas!; no me importa si no llevaste la gardenia que te pedí cuando cenamos por vez primera y prometiste llevar algún día de sorpresa; si no llegaste en la tarde de mi graduación; si no pudiste llegar al funeral de mi padre debido al trabajo y los viajes constantes; no me importa si no llegaste el día que pensábamos fugarnos porque decidiste que tus proyectos, tus amigos, tu familia y, claro, ella eran más importantes que nuestra relación… ¡No! ¡No me importa! ¡No me importan las excusas si tan sólo lo recuerdas!
Pero no lo pienso saber. No quiero enterarme de una verdad con espinas de cristal, y no porque me duela saberlo, sino porque ese recuerdo borraría ese día de julio -el día más terrorífico, especial, sensitivo y sorpresivo de mi vida, de nuestras vidas- ¿recuerdas?
Esa tarde trabajé mucho, estaba a punto de caer llena de cansancio en la entrada y con un esfuerzo titánico caminé hacia la regadera y pude darme un baño. Estaba realmente agotada. Por esa fecha ya vivía sola por lo cual sólo tomé una pequeña toalla para mi cabello de gran longitud y de colores sin definición exacta y me tiré en el centro de la cama observando el espejo en el techo -¡vaya herencia familiar!- hasta quedar inmensamente dormida. Debieron ser más o menos las seis de la tarde. Llegaste; caí en los brazos de Morfeo. Bien sabes que tengo un sueño tan ligero que hasta el comentario aparentemente más inútil me provocaba toda una odisea onírica. Pero esta tarde apenas si podía respirar y no escuché los movimientos en el exterior, pero ¿cómo lo podría describir aquello si no me vi? ¡Tú me contaste!
Aún recuerdo algunas palabras: “Cuando me pediste ir a la cerrajería para tuviésemos nuestros duplicados, no pensé terminar así, enamorado. En mi carro olvidaste una carpeta que parecía tener importancia, y como te conocía bien, supuse que lo mejor era llevártela. Te llamé para saber si estabas en casa, y no respondías, por lo que decidí entrar. No pensaba decírtelo… pero fue como ver un desierto fantasma. Cuando entré, vi tu piel tornarse dorada con el resplandor de la luz del sol poniente ya que la ventana estaba abierta y las cortinas también. Temblabas como si supieras que mi alma te tocaba, pero sólo era el frío entrante de la noche. Cuando cerré con cierto sigilo la ventana, despertaste. Tus ojos eran las dunas que emanaban del fin de un oasis, tu boca parecía estar intacta a pesar del sopor y la sed del desierto, tu cabello estaba húmedo aún y por ser de esos tonos misteriosos y confusos entre marrón, café, negro, pelirrojo me recordaron el parecido con tu personalidad tan dura, complicada, confusa, que hasta en el amar se reflejaba; pareciera que lo habías planeado desde antes de conocernos pero el pudor con el que tus manos acariciaban tu vientre me demostraron lo contrario. Estabas ahí, completamente tú, tan desconcertante y natural. Resplandecía en ti un aura, más bien era un campo magnético que me llamaba a ti, a tu interior.
”Qué bueno que no cruzamos palabra, aunque dio lo mismo, no pude hablar. Esperé a que la magia de aquel nacimiento de colores se dispersara para poder tener ese encuentro inesperado. Fue tan prodigioso; eran tan bellamente delgados y delicados los vellos de tus piernas, de tu pubis, de tu pecho, de tu cara. Por un momento pensé estar en mi sillón dormitando después de mi aburrida rutina diaria, pero cuando exploré tu cuerpo a besos y pensé que tu piel entera era leche tibia, cuando mi piel se erizó y parecía conectarse con la tuya, cuando me tomaste de la mano y acariciaste mi oreja, supe que estaba despertando enamorado.”
Cuando juntos hicimos aquel pacto, sé que no respeté mi parte, pues recordarás que el acuerdo era no amar al otro sino casarnos y ser sólo amigos para establecer así una relación estable y duradera basada en una buena comunicación que diera como resultado una extraordinaria organización en nuestras vidas, para nuestro sueño de tener un hijo al cual criar se cumpliera y la mejor forma sería no ser amantes sino amigos; pero aquella tarde que se tornó gris para dejar pronto ese azul frío, dando paso a la noche con una esfera parecida a cierto oro resplandeciente en el punto más visible del plenilunio, justo allí quebrantaste las condiciones que desde hacía ya tiempo yo había desecho.
Hoy quiero disculparme, y no sólo disculparme sino pedirte perdón; siento haber dicho nada, siento no haber podido amarte de la forma acordada, siento que mi orgullo haya podido más. No fue venganza. Siempre pareció no importar nada, pero no era verdad porque siempre esperaba tu presencia -y ni hablar del recuerdo- tal vez éste “me enseñaba a quererte, amar tu ausencia, amar tu libertad”, eso fue. Perdón por no asistir a tu boda, perdón no permitirme conocer a tus hijos; pero no lo puedo creer, no creo que nuestro amor no esté junto, que ahora lo ocupen más personas que no son yo, no quiero lastimar más. Fue mi error, mi temor ante lo incierto, pero también quería protegerte -es cierto, no tenía derecho- pero ahora sé que fue lo mejor.
Si mi vida siempre ha sido un desastre, no quería que entraras en él. No porque fuera algo cruel sino porque era bello, arriesgado. Mi egoísmo y orgullo no querían que tocaras mi intimidad. Así he sido siempre, lo acepto. Me despido de buena forma con el mundo, hay muchas cosas tan maravillosas e impactantes que estoy satisfecha por lo vivido y lo no vivido; no sé mi dirección y no sé que pasará cuando no queden gotas de sangre en mi cuerpo, y quizá hayan terminado de pintar bellos cuadros con ella. No lo sé y, sinceramente, no me interesa.
Ante todo lo dicho, quiero pedirte algo: un epitafio escrito en hojas de gardenia con tinta de sangre caída de mis manos, cuídala y guárdala con el poema que algún día te escribí. Abrazos y besos.
Con sangre en las manos y en el corazón
Tu amiga y amada, Karina García.
|||||Correo recibido. Lunes 21 enero de 2002. 4:57 pm.
Para: Carlos I Ramírez
Asunto: Algo que decir .
De: Kary G Hernández
Revisado
Fw: Repuesta.
Espera, yo también tengo algo que decir.
Enviado. Lunes 21 enero de 2002. 6: 03 pm.
Periódico:
Está mañana se dio a conocer a través de medios de comunicación locales, el fallecimiento de una joven de 26 años de edad que corresponde al nombre de Karina García Hernández, encontrada muerta el día 21 de enero del presente año, aproximadamente a las 6: 30 pm. Según especulaciones, es posible como causa de defunción un desangramiento provocado por una hemorragia severa, pues se encontró una herida en la mano izquierda a una profundidad que perforó una arteria.
Se dice que los paramédicos respondieron al llamado de un joven de quién no se tiene datos aún y que podría ser formar parte de la investigación bajo el papel de sospechoso. La antes mencionada se encontró desnuda sobre la cama de su departamento sin aparente maltrato físico ni sexual pero con una gruesa capa de vidrios, al parecer de un gran espejo que reposaba sobre ella. Ante dicha noticia, familiares, amigos y vecinos están desconcertados y sin poder encontrar respuesta alguna. Se espera tramitar una investigación para identificar la real causa de su muerte, ya sea suicidio o asesinato.